Me duele mi país

por | Jul 6, 2025 | Artículos de opinión | 0 Comentarios

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«Yo no he traicionado a la República, la República me ha traicionado a mí.»

Miguel de Unamuno pronunció estas palabras cuando ni el bando de la Segunda República española ni el bando sublevado de 1936 aportaba una solución para mejorar España.

«Vengo como quien va a un sacrificio, con el ánimo bastante deprimido. He dicho que me dolía España, y hoy me sigue doliendo. Y me duele, además, su República.»

Parafraseando al gran Unamuno, a mí también me duele España. Y, más aún, me duele la humanidad en general.

No sé vosotros, pero yo estoy perdiendo la fe. No en las grandes personas que hacen cosas increíbles por mejorar nuestra vida, sino por los que gobiernan y dicen hacerlo por y para el pueblo.

Democracia viene de griego Demos– (pueblo) y –kratos (poder), es decir «el poder del pueblo». Pero claro, no podemos gobernar cada uno un metro cuadrado de la Tierra; eso sería un caos. Aquí entran en juego los partidos políticos que, se supone, buscan los intereses generales.

Platón argumentaba: «La democracia es un sistema injusto y caótico, donde el poder está en manos de las masas ignorantes.» (La República).

Cuánta razón tienes, Platón. Cuánta…

En el reciente ensayo, La vacuna contra la insensatez, de José Antonio Marina, se habla de las técnicas de persuasión que los partidos tienen para ganar votos. Lo más llamativo es la elaboración de discursos dirigidos, estos, a niños de doce años. Es decir, están redactados como si el público que estuviera escuchando rondase esa edad. En un análisis realizado en 2015, el lenguaje más sencillo era el de Mariano Rajoy: le entenderían los niños de doce años; Pedro Sánchez (14 años); Pablo Iglesias (15 años) y Albert Rivera (16 años).

Según Steven Pinker: «Los líderes políticos tienen que dirigirse a un grupo mayor de votantes cada vez y esto no conduce a una mejora de la calidad de su comunicación, sino a una mayor simplicidad y emocionalidad. Y esto no tiene nada que ver con sus habilidades comunicativas, sino a su necesidad de conseguir votos.»

Que sí, que alguna cosa hacen bien, y más si se centran en colectivos minoritarios, pero, en su conjunto, la gestión de un país se desmorona. Y, ya no solo hablamos de la corrupción, que parece que es inevitable, sino del hecho de que cada partido mire hacia sí mismo y no por los intereses generales. Así, cuando se vota por algo que puede mejorar la vida de la gente, si lo ha propuesto un partido de ideología distinta, el ego puede contra todo pronóstico; si el ciudadano sale perjudicado, ¿a quién le importa?

Sócrates decía: «La democracia puede llevar a decisiones precipitadas e irracionales si no se cuenta con una élite de gobernantes con conocimientos especializados.»

El sistema democrático actual en España ya no funciona. Estamos estancados, no solo en un bipartidismo del que no terminamos de salir, sino en este juego de pingpong donde se van lanzando la pelota unos a otros a ver quién la tiene más grande y con una ciudadanía ciega con promesas (muchas veces una sola, que te contenta aunque el resto de medidas no cuadren con tus intereses).

La famosa frase del discurso de Unamuno, el 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, dirigido contra los sublevados, resalta una palabra que incluso la famosa Jane Austen utilizó para titular una de sus novelas; a ver si sabéis de cuál hablo: «Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha.»

La Unión Europea se fundó, principalmente, para evitar más conflictos en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y, aunque la guerra de Ucrania y la no tan lejana masacre en Gaza están a nuestras puertas, no me esperaría que una Tercera Guerra Mundial se iniciase aquí. La victoria de un levantamiento militar, más que asumida por el escritor, en una guerra civil que acababa de empezar, no es algo repetible (aunque los caminos de la estupidez humana son inescrutables) y aun con el odio que todavía palpita en las calles, no solo de nuestro país, sino a lo largo de todo el planeta, es la persuasión mediante palabras banales la que provoca el convencimiento de la población hacia un sin sentido político y de gobierno en el que nos encontramos (y en el que estaremos sea quien sea el que ascienda actualmente al poder).

No soy experto en política, ni en la gestión de las administración públicas, ni en el gobierno de un país, pero sí sé una cosa: Trump ha vuelto a ganar las elecciones; algunos lo habrán votado para castigar la gestión del presidente anterior (lo típico, aquí también se hace mucho); otros porque les divierte sus promesas irracionales; también están los que coinciden con sus ideologías, por supuesto; y, los menos esperados: el electorado que más debería salir perjudicado por su acceso al poder, pero que aun así lo vota porque utiliza la persuasión dictada por Unamuno para convencerlos de que él es la mejor opción de entre todas las presentadas.

¿Hay alguna forma de mejorar o actualizar nuestro sistema democrático? La Revolución Francesa marcó un antes y un después en la historia política de la humanidad: el 26 de agosto de 1798 se aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; el 3 de septiembre de 1791 se promulgó la Constitución de ese mismo año para convertir Francia en una monarquía constitucional; el 21 de septiembre de 1792 se proclama la Primera República; el 6 de abril de 1793 se crea el Comité de Salvación Pública, lo que da inicio al periodo del Terror; el 9 de noviembre de 1799 Napoleón da un golpe de estado y el 2 de diciembre de 1804 se autocorona emperador de Francia (pasamos de una monarquía a una breve república que culmina en un imperio). Finalmente, en 1814, todo se desmorona, la invasión Napoleónica finaliza, Napoleón es desterrado a la isla de Elba y se restaura la monarquía con la coronación de Luis XVIII (sí, el cuñado de María Antonieta). No hay nada más que decir, señoría.

¿Quizá si juntamos a expertos de todas las áreas e ideologías, después de hacerles pasar un examen y que quede claro que solo se debe buscar el bien común? ¿Y si, para pertenecer a un partido político, sea necesario, también, pasar una prueba? Es más, pediría a esos expertos que pensarán una versión 2.0 para la democracia; al menos, para la española. Reinicio. Empezar de cero. Quizá haciendo desaparecer los antiguos y crear otros nuevos, que tengan normas estrictas… Me duele la cabeza.

Voltaire decía: «La historia nunca se repite. El hombre siempre lo hace.» Y aquí estamos.

Me duele España. Me duele Europa. Me duele el mundo.

¿Quizá sea hora de despertar? Os es mejor esperar a que alguien, algún día, provoque el cambio.

Escrito por Jorge

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